Por: Don Juan
Lunes 8 de junio de 2026
Qué lejos han quedado aquellos ayeres donde el Partido Acción Nacional vestía de gala democrática, henchido de orgullo con la dignidad de don Luis H. Álvarez o la bravura indomable de un “Maquío” Clouthier. Aquellos eran líderes de suela, sudor y plaza pública, hombres que arrastraban multitudes no por el grosor de sus billeteras, sino por el peso inquebrantable de su estatura moral. Hoy, la realidad nos abofetea el rostro con una postal bien distinta y bastante decadente.
La jornada electoral de ayer en Coahuila ha desnudado al panismo nacional de la peor manera imaginable. Registrar un humillante 2.16% de los votos en un estado norteño, industrial y de arraigo es el certificado de defunción de una marca que prefirió la comodidad de las oficinas en las lomas de la capital antes que el desgaste de la suela en los barrios populares. El PAN coahuilense hoy es un cascarón vacío; un partido con un padrón esquelético de menos de cuatro mil militantes en el papel, que ayer descubrió que las estructuras no se alimentan de tuits ni de discursos aspiracionales, sino de causas sociales.
Pero mientras el barco se hunde en las regiones, la flamante e “inmadura” dirigencia nacional de Jorge Romero prefiere montar carpas de circo y lanzar fuegos de artificio. ¿A quién quieren engañar con esa denuncia espectacular ante la Corte Penal Internacional en La Haya contra el expresidente López Obrador? El recurso, lo saben los pasantes de derecho, es una quimera jurídica, una pirotecnia de baja calidad diseñada para acaparar titulares y simular una combatividad que no tienen en las urnas.
El PAN tiene parque de sobra para debatir. El país adolece de infraestructura, el agua escasea, el sistema de salud gime por medicinas y la crisis energética nos apaga los focos a mitad de la noche. Ahí están las deudas de la administración actual. Pero la oposición no puede exigir cuentas porque le falta lo más elemental: autoridad moral. El electorado no olvida el descaro de los pactos cupulares por notarías públicas en Coahuila, ni las mañas de despojo inmobiliario que la Suprema Corte les tuvo que frenar en Hermosillo.
Cuando la ambición económica sustituye a la doctrina y las prebendas entierran a las propuestas, el resultado es el ostracismo político. Morena no gana solo por su fuerza; gana porque enfrente tiene a un adversario que se rehúsa a entender a los pobres, que se esconde detrás de un clasismo rancio y que cree que la política es un negocio de cuotas y cuates. Si el PAN no encuentra pronto un espejo donde recordar su origen ético, La Haya seguirá estando muy lejos, pero el olvido ciudadano les quedará a la vuelta de la esquina.
Al tiempo.