El Retorno de la Economía de Choque: El Manual de 1971 en el Siglo XXI

Los Editoriales de Don Juan

El Retorno de la Economía de Choque: El Manual de 1971 en el Siglo XXI
Por Don Juan
Washington, D.C. — Miércoles, 1 de julio de 2026

Quienes insisten en leer la actual marea política de la Casa Blanca bajo el prisma tradicional de las encuestas electorales o los manuales de cortesía institucional están perdiendo de vista el verdadero tablero. No estamos ante un mandatario acorralado por el inminente fin del año fiscal el próximo 30 de septiembre, ni paralizado por el repunte inflacionario del 4.1% que quema los bolsillos de cara a las intermedias del 3 de noviembre. Lo que el mundo atestigua hoy, con la drástica decisión de Washington de congelar la renovación automática del T-MEC, es la puesta en marcha de una vieja y audaz carta geopolítica que creíamos sepultada en el siglo pasado.

Para entender el rumbo, hay que mirar exactamente cincuenta y cinco años hacia atrás, al verano de 1971.

Aquella mañana de agosto, Richard Nixon pateó el tablero global al ejecutar el histórico “Shock” que desvinculó al dólar del patrón oro e impuso, de un plumazo y de forma unilateral, un arancel general del 10% a todas las importaciones. El objetivo de Nixon no era destruir el comercio, sino forzar una reconfiguración absoluta de las reglas del dinero mundial bajo las condiciones norteamericanas, ignorando las quejas de sus aliados en Europa y Japón.

Hoy, Donald Trump ha desempolvado ese mismo manual de impredecibilidad. Los “cuatro ases” de los que tanto se habla en los pasillos del Capitolio cobran verdadero sentido cuando se subordinan a esta estrategia de choque.

Al negarse a estirar el pacto trilateral por otros 16 años y arrastrar a México y Canadá a un terreno de revisiones anuales, la Casa Blanca no busca el fin del libre comercio; busca la extorsión arancelaria como doctrina. Es el uso del tamaño del mercado estadounidense como un mazo para obligar a sus principales socios a sentarse a renegociar las reglas de origen automotriz y frenar la avanzada manufacturera de China en la región.

El desprecio público hacia el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, y la fría indiferencia ante los límites que la Suprema Corte intenta imponerle al Ejecutivo en materia tributaria, responden a la misma lógica nixoniana: en tiempos de “emergencia nacional” —esta vez alimentada por el boquete presupuestal de los 2 billones de dólares y el costo militar de 87.6 mil millones para contener el conflicto energético con Irán—, la tecnocracia de Washington pasa a segundo término.

La gran carta a la vista, la que casi nadie toma en cuenta por estar distraídos en el ruido de las campañas, es que el Ejecutivo ha decidido licuar su deuda y blindar su industria mediante una guerra de divisas y aranceles permanentes. Sabedor de que el reloj de la Enmienda 22 avanza y que no habrá un mañana electoral para su persona, el presidente opera con la libertad del que no tiene nada que perder y un sistema entero que reconfigurar.

Nixon demostró en 1971 que se puede rediseñar el capitalismo global en un fin de semana si se tiene la osadía de romper las reglas no escritas. Más allá de si el bando republicano retiene o pierde las mayorías en el Congreso en cuatro meses, la economía de choque ya está en marcha. Que los mercados y los vecinos del sur dejen de esperar diplomacia; el juego de este siglo se juega con las reglas de Camp David.

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